viernes, 29 de noviembre de 2013

Estética II: 4/12/13



La Voluntad en cuanto Voluntad de vivir es, en esencia, un impulso aciago: es carencia, aspiración, anhelo, avidez, esfuerzo sin fin, deseo incomable; y así, puesto que todo querer tiene en principio una carencia, el mundo de la Voluntad no puede ser otra cosa que el mundo del sufrimiento. [...] El hombre, hasta entonces esclavo del querer, fuente de todo dolor y de todo mal, libera por un momento su conocimiento de la opresión de la Voluntad y se convierte en claro espejo del ser del mundo. [...] Este abatimiento pasajero de la Voluntad, que tanto nos alivia, es además la única vía que nos permite atisbar la secreta intimidad de las cosas y conocerlas en su manifestación más pura.
Arthur Schopenhauer, filosofo alemán cenizo

De esto que está Schopenhauer en un mercadillo, ve unos calcetines y pregunta "¿cuánto es?" "1 euro y la voluntad", le contestan. "¿Voluntad?", replica Schopenhauer, iracundo y altivo. "No, Voluntad no tengo. Y te voy a explicar por qué...". Y el vendedor de calcetines se murió de aburrimiento.
Iñigo del Valle, musicólogo y showman en ciernes 
 
Así como Schopenhauer puede chasquear los dedos y librarse de la Voluntad, intento hacer lo mismo para tirar abajo mis prejuicios contra los filósofos alemanes cargantes. Sin embargo, soy incapaz de hacerlo. ¿Por qué? Porque, a menos que tengas un control absoluto sobre tu psique, dudo mucho de que puedas eliminar partes de ella con solo pensarlo. Es más, es posible que si intentas no pensar sobre algo (canguro, canguro, canguro), acabes pensando en ello de forma irremediable. Por cierto, ¿alguien, por casualidad, está pensando en canguros?

Pero aún dejando eso a un lado, no podría estar más en desacuerdo con el texto. Lo que hace rica la obra de un artista es, precisamente, su visión subjetiva de las cosas - cómo, a través de unos ojos que no son los nuestros, vemos el mundo de una manera diferente, e incluso mimetizamos con esa realidad. Realidad que es irrelevante cuanta parte de verdad y cuanta de falsedad tenga: es rica por esa variación, por hacernos capaces de entrar en una visión que no es la nuestra.

Ya no es sólo que la subjetividad sea de gran importancia en el arte: es que es imposible desprenderse de ella. No existe la objetividad. Repito: la objetividad no existe. Incluso la ciencia, que se atiene a la verdad más brutal y fundamental, está teñida de cierta subjetividad si el investigador está contaminado por un deseo de que quiera encontrar algo en concreto. La llamada "verdad" es diferente para cada uno, y tendemos a llamarla así según el porcentaje de gente que esté de acuerdo con una verdad puesta en común.

A no ser que seas alemán. Si eres alemán, tienes acceso a la verdad absoluta.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Audiciones: 11/11/13


Malipiero (1882- 1973) era un detractor de la forma sonata, porque, según él decía, "me aburre hasta la muerte". Defendía la libertad formal absoluta de la obra, en la que la melodía vaga de manera muy impresionista y tiene breves contactos con la corriente atonal de su siglo.


Respighi (1879-1936), además de compositor era musicólogo, y un apasionado de la música de los siglos XVII y XVIII. Si escuchamos su música sin saber nada de él, quizá podríamos situarla en esos siglos. La armonía, las cadencias, el uso del bajo continuo y de las frases melódicas... todo ello nos evoca la música de Bach, al que él admiraba.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Estética II: 13/11/2013

Schiller tenía un porte FA-BU-LO-SO

El artista es sin duda hijo de su tiempo, pero ¡ay de él que sea también su discípulo o su favorito! Que una divinidad bienhechora arrebate a tiempo al niño del pecho de su madre, que lo amamante con la leche de una época mejor [...] Pero, ¿cómo se protege el artista de las corrupciones de su tiempo, que le rodean por todas partes? Despreciando el juicio de su época. Que levante la mirada hacia su propia dignidad y hacia la ley, y que no ande cabizbajo en busca de la felicidad y de la necesidad material. Que se libere, tanto del fútil ajetreo mundano, que de buen grado imprimiría su huella en el fugaz instante, 
¿Qué es lo que distingue a un artista excepcional de todos los demás contemporáneos suyos? Es una pregunta difícil. Intentar encontrar un patrón que justifique el éxito en una masa tan cambiante como son los gustos artísticos de una época es, prácticamente, perder el tiempo. La clave es adoptar una visión más general, como hace Schiller: un artista exitoso es aquel que renuncia a la moda de su tiempo para buscar la inspiración en corrientes creativas pasadas, dice en resumen.

No podría estar más de acuerdo (¡por fin! ¡Iñigo de acuerdo con el texto!, gritarán las masas de fans enloquecidos que beben de mis palabras como si de icor se tratase). Más preocupados por gustar al público actual, por seguir la tendencia que les asegurará el sueldo para almorzar al día siguiente, la gran mayoría de los artistas no se atreverán a situarse al borde del barranco a la pata coja. Los que lo hagan serán malditos con el rechazo de sus contemporáneos. Franz Kafka, autor de bizarradas tan jodidas como La Metamorfosis, vivió prácticamente toda su vida en un estado perenne de malnutrición. La primera tirada de la ya mencionada obra fue de 200 ejemplares, que apenas se vendieron. En la actualidad, uno de esos simpáticos ejemplares podría venderse por millones de dólares. Kafka pasó a la historia, pero lo pagó caro. Y, desde luego, nunca pensó que sería así.

Probablemente, esto no le importe al rebaño que sigue el camino creativo marcado por los demás, que engordan su nómina por hacer prácticamente lo que hace todo el mundo. Pero a mí me resulta un alivio saber que en los libros de historia de la música no aparecerá Justin Bieber como el adalid de la música de este siglo. O, al menos, eso quiero creer. Toco madera.

martes, 5 de noviembre de 2013

Estética II: 6/11/2013



Hemos de reconocer que unas artes necesitan más que otras la 
conciencia y el reconocimiento de tal contenido. La música, por 
ejemplo, que sólo tiene que habérselas con el movimiento total- 
mente indeterminado del interior del espíritu, por así decirlo, con 
los tonos de la sensación sin pensamientos, necesita poca o nin- 
guna materia espiritual en la conciencia. Por eso, el talento musi- 
cal acostumbra a revelarse muy pronto en la juventud, cuando la 
cabeza está aún vacía y se dan pocos movimientos del ánimo, pu- 
diendo alcanzar alturas muy importantes antes de que el espíritu 
y la vida hayan llegado a la experiencia de sí mismos. Y observa- 
mos a su vez que, en muchos casos, es compatible una gran maes- 
tría en la composición y ejecución musical con una notable falta 
de espíritu y carácter. 
Conclusión: cualquier zote puede ser un compositor.

En realidad, me cuesta admitirlo porque es un poco tirarme piedras sobre mi propio tejado, pero razón no le falta. La música funciona (o ha funcionado) mediante unas tecnicas escritas, imitables y en ocasiones muy rígidas. En teoría, cualquiera que las conozca con un suficiente grado de maestria puede hacer las mismas virguerías que alguien que tiene cuatro doctorados en otras areas.

El problema es que Hegel está ignorando un punto importante: al decir que no se necesita ningun grado de subjetividad para componer, está pensando únicamente en la música pura e ignorando por completo la descriptiva, en la que la relación entre los recursos musicales y la escena es mucho más dificil de imitar. Como contar una historia a través de música es algo que sólo está al alcance de personas con una formación extramusical o, al menos con un interés muy agudizado.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Audiciones - 4/11/2013


El pájaro de Fuego marca el inicio de la colaboración entre Diaghilev y el joven Stravinsky, y está basado en un cuento de caracter infantil. Stravinsky, sin embargo, le dota de una grandiosidad compleja, en la que combina tonalismo y atonalismo atendiendo siempre a las características descriptivas de cada escena.


The Ebony Concert nos muestra la faceta más jazzística de Stravinsky, que contrasta fuertemente con la orquestal. Escrita en 1945 (justo al finalizar la II Guerra Mundial), es una obra atípica, profundamente humorística, y el compositor temía que fuera dificil de interpretar en un futuro en el que él no estuviera presente para dirigirla.