Schiller tenía un porte FA-BU-LO-SO
El artista es sin duda hijo de su tiempo, pero ¡ay de él que sea también su discípulo o su favorito! Que una divinidad bienhechora arrebate a tiempo al niño del pecho de su madre, que lo amamante con la leche de una época mejor [...] Pero, ¿cómo se protege el artista de las corrupciones de su tiempo, que le rodean por todas partes? Despreciando el juicio de su época. Que levante la mirada hacia su propia dignidad y hacia la ley, y que no ande cabizbajo en busca de la felicidad y de la necesidad material. Que se libere, tanto del fútil ajetreo mundano, que de buen grado imprimiría su huella en el fugaz instante,¿Qué es lo que distingue a un artista excepcional de todos los demás contemporáneos suyos? Es una pregunta difícil. Intentar encontrar un patrón que justifique el éxito en una masa tan cambiante como son los gustos artísticos de una época es, prácticamente, perder el tiempo. La clave es adoptar una visión más general, como hace Schiller: un artista exitoso es aquel que renuncia a la moda de su tiempo para buscar la inspiración en corrientes creativas pasadas, dice en resumen.
No podría estar más de acuerdo (¡por fin! ¡Iñigo de acuerdo con el texto!, gritarán las masas de fans enloquecidos que beben de mis palabras como si de icor se tratase). Más preocupados por gustar al público actual, por seguir la tendencia que les asegurará el sueldo para almorzar al día siguiente, la gran mayoría de los artistas no se atreverán a situarse al borde del barranco a la pata coja. Los que lo hagan serán malditos con el rechazo de sus contemporáneos. Franz Kafka, autor de bizarradas tan jodidas como La Metamorfosis, vivió prácticamente toda su vida en un estado perenne de malnutrición. La primera tirada de la ya mencionada obra fue de 200 ejemplares, que apenas se vendieron. En la actualidad, uno de esos simpáticos ejemplares podría venderse por millones de dólares. Kafka pasó a la historia, pero lo pagó caro. Y, desde luego, nunca pensó que sería así.
Probablemente, esto no le importe al rebaño que sigue el camino creativo marcado por los demás, que engordan su nómina por hacer prácticamente lo que hace todo el mundo. Pero a mí me resulta un alivio saber que en los libros de historia de la música no aparecerá Justin Bieber como el adalid de la música de este siglo. O, al menos, eso quiero creer. Toco madera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario