Hace no mucho tiempo, un amigo me invitó a su casa a ver una película. "Mulholland Drive", de David Lynch, uno de los máximos exponentes del dadaísmo y del surrealismo actual en el cine. Fui advertido: "presta atención a todos los detalles de la película" y "no te asustes que es un poco rara pero está realmente bien" fueron algunos de los consejos que recibí previos a la visualización de la cinta. Sin embargo, nada me podría haber preparado lo suficiente para el despliegue de escenas bizarras que estaba a punto de ver. Después de casi dos horas, me preguntó "¿te ha gustado?". Yo no supe que responder. Sí, la película me parecía bien hecha: las escenas de suspense me pillaron más de una vez con las manos arañando el sofá de pura ansiedad. Pero el meollo de la película se me escapaba. Fue entonces cuando me explicó de qué iba realmente la trama, el secreto oculto tras las cámaras. Y fue entonces cuando abrí los ojos y la vi de una manera totalmente distinta, de modo que en sólo dos minutos pasó de ser a mis ojos una película "curiosa" a prácticamente una obra de arte.
El caso contrario: quedé, tampoco hace mucho , con otro amigo para ver "Yellow Submarine", una de mis peliculas favoritas de todos los tiempos. De apenas una hora y media de duración, es un musical animado basado en una canción del mismo nombre de los Beatles, protagonizada por versiones caricaturizadas de ellos mismos. Con esta película pasaba lo contrario que con Mullholand Drive: el argumento era facilmente entendible, pero había algo más que no se podía explicar. Me desviví intentando que mi amigo, el cual se había pasado la hora y media poniendo caras, comprendiese lo absolutamente genial que era el humor absurdo británico o la cantidad abrumadora de guiños y referencias a hechos y canciones de la época. No sirvió de nada.
Con estos dos hechos, llegué a una conclusión: estamos acostumbrados a que nos lo den todo hecho. En lugar de intentar comprender el producto, nos indignamos con él. Somos la generación del aquí y ahora... solo que esa generación lleva alargándose desde hace siglos. Sin embargo, ¿justifica eso que, si una obra no es entendible, sea buena de forma automática para algunos pocos? Probablemente... solo que de otra manera. El arte pasa de ser un canalizador de sentimientos, una manera de agradar, a un guiño descomunal a los únicos que pueden captarlo. Es como el tipo que cuenta chistes en las fiestas que sólo él entiende y se niega a explicarlos porque "perderían toda la gracia". Así que para que no se pierda, se la quedan toda para ellos.
¿Son esos tipos proclives a ser acariciados con una silla en un ojo? Muy probablemente. Pero de lo que nos tenemos que dar cuenta es que nosotros podemos ser esos tipos. Para nosotros la solución pasa por callarnos desde un primer momento, pero ¿qué pasa con los artistas? Su doble naturaleza de artista contemporáneo les impulsa a compartir su obra pero, al mismo tiempo, no poder explicarla. Sólo unos pocos lo entenderán, y a estos no les hará falta una explicación. Hagamos, pues, un esfuerzo para intentar comprender. Si lo conseguimos, tendremos todo el derecho para levantarnos y, sonriendo por dentro, marcharnos diciendo "pues vaya mierda".

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