miércoles, 16 de octubre de 2013

Estética II - 16/10/2013


En los ratos libres que tiene Kant creando unos escritos indescifrables para hacer sufrir a las generaciones futuras (en realidad es una mente tan malvada que no puedo hacer menos que mostrarle mi más profundo respeto), el filósofo desarrolla Lo bello y lo sublime, un texto de caracter algo más ameno (en realidad hasta los chistes de Arévalo son más amenos que todos sus anteriores trabajos) en el que realiza una categorización de... de cosas que le molan, hablando llanamente. Y, como tiene que clasificar absolutamente todo para dormir tranquilo por la noche, divide la lista de cosas que le molan en dos subtipos: cosas que le molan moderadamente y cosas que le molan excesivamente. Se las arregla para dotar su texto del academicismo que le caracteriza y llamar a lo primero bello y a lo segundo sublime, porque igual lo de cosas que le molan no quedaba bien en la impresión. Vamos, que no era ni bello ni sublime.

Total, ¿de qué va el libro entonces? Pues, de lo que he llegado a leer, es como un Manual de autoayuda para ser como yo. Entendiendo como yo al filósofo alemán, cumbre del intelecto humano. Ejemplo claro de lo que hablo:

Entre las obras del ingenio y del sentimiento delicado, las poesías épicas de Virgilio y Klopstock, se quedan en lo noble; las de Homero y Milton, caen en lo extravagante. Las metamorfosis de Ovidio, son monstruosas, y los cuentos de hadas de la superstición francesa, son las más lamentables monstruosidades jamás imaginadas.
Porque hay cosas que no molan, y esto Kant lo sabe mejor que nadie, es completamente necesario escribirlas en un libro para que la gente no pierda el tiempo prestandolas atención. ¿Que por qué? Pues porque Kant lo dice, maldita sea. 

Pero no se queda ahí. Porque la sabiduría de Kant es demasiada para quedarsela para él solo, y al fin y al cabo es un hombre generoso. ¿Qué temas trata en su libro? Acabaríamos antes hablando de los temas que no trata. Para muestra, un botón: Kant, consejero matrimonial.

Un hombre no puede nunca decir a su mujer que ha puesto en peligro una parte de su fortuna por un amigo. ¿Para qué encadenar su alegre locuacidad recargando su espíritu con un secreto cuya guarda a él solo incumbe?
Reconozco que pongo este extracto porque me ha hecho particular gracia. ¡No vayas a decirle a tu mujer que le has dejado dinero a un colega, no vaya a ser que se cabree! 

En conclusión (porque podría extenderme hasta la extenuación sacando ejemplos y comentándolos poco seriamente), Kant se sale un poco del molde ofreciéndonos su particular conocimiento en la envidiable materia de la todología, para que llevemos nuestras vidas del modo más sublime posible. Kant es como tu conciencia, el que te dice siempre qué hacer sin un ápice de duda con un tajante sí o no. Kant sabe todas las respuestas a todas las preguntas jamás formuladas. Kant es, en definitiva, Sandro Rey.




viernes, 11 de octubre de 2013

Audiciones - 14/10/2013


Quizá sea impresión mía, pero me parece que la música de Ravel es capaz de producir muchas emociones, incluso contradictorias, en un mismo momento. Es como si fuera música pensada únicamente como colores.



Satie compuso sus Danses Gothiques en un momento difícil de su vida, en el que necesitaba paz y relajación. En esta obra se aprecia una simplicidad casi inocente, enlazando acorde tras acorde en una dinámica de piano.


A pesar de que esta Bagatella sens tonalité pertenece a Liszt, me ha parecido interesante citarla como una obra precursora del movimiento académico musical del siglo XX, en la que la tonalidad y el ritmo comienzan a deformarse.




lunes, 7 de octubre de 2013

Estética II - 9/19/2013


Lo admito. Tengo un problema con Kant.

Bueno, en realidad con la filosofía en general. Con todo intento de racionalizar lo inracionalizable o de cuantificar lo incontable. Admito que es mi culpa, que probablemente debería abrir la mente y tener paciencia. Y me funciona con otros autores, incluso con aquellos que se aferran a ideas que hoy en día se nos antojarían poco menos que arcaicas, e incluso ridículas. De algún modo, me resultan amenas. Pero con Kant no puedo.

Kant es... como explicarlo. Es como ese amigo que intenta hablarte en esperanto porque insiste en que es la lengua universal, y por tanto tú deberías hacer el esfuerzo de entenderle a él, no quieras quedar como un paleto. Es ese vecino al que le preguntas la hora y te dice "si yo paso por aquí, son las 9:54". Esto último, por cierto, está basado en hechos reales. Es lo único de lo que me acuerdo de Kant de mi época de bachillerato. De lo anecdótico. 

Pero lo peor de Kant no es que se exprese como un autómata frío y enrevesado: lo peor es que intenta que veamos que, desde su maravilloso punto de vista, cosas como las emociones o la inspiración son "objetos clasificables" que se pueden archivar en carpetas de plástico. Admira la poesía, sí: pero la admira como un cirujano mira un cuerpo humano, como un conjunto de órganos despiezables. Una mente excesivamente alemana (o überalemana).

Por eso, dada mi frustración por no poder entender del todo lo que dice este buen señor, y descartando la idea de fingir que le entiendo copiando algún texto de algún lado, he preferido admitir mi derrota. Pero si alguien me pregunta de ahora en adelante qué opino de Kant, sólo contestaré: nein, nein, nein.

domingo, 6 de octubre de 2013

Audiciones - 7/10/2013



Ver esta escena de Salomé (Richard Strauss) me hace darme cuenta al instante de que esta armonía, a caballo entre lo tonal y lo atonal, es el vehículo perfecto para las escenas dramáticas de las óperas. Es casi cinematográfico. A través de los bruscos giros de la música, vemos con mucha claridad como la personalidad de Salomé es un verdadero torbellino de emociones; cómo pasa en un momento de reflejar rabia a amor.



En esta primera sinfonía de Mahler se aprecia el estilo heredado de Wagner, de cara al uso de los letimotifs, pero también un interés por las nuevas tendencias musicales. Aunque no deja de ser música pura, el uso de la tímbrica de los instrumentos tiene algo de programático.



No suelo escuchar piezas cuya tímbrica está unicamente compuesta por un solo instrumento, pero la Suite Bergamasque de Debussy es profundamente evocadora. Me encanta el empleo que hace de la escala pentatónica.