Lo admito. Tengo un problema con Kant.
Bueno, en realidad con la filosofía en general. Con todo intento de racionalizar lo inracionalizable o de cuantificar lo incontable. Admito que es mi culpa, que probablemente debería abrir la mente y tener paciencia. Y me funciona con otros autores, incluso con aquellos que se aferran a ideas que hoy en día se nos antojarían poco menos que arcaicas, e incluso ridículas. De algún modo, me resultan amenas. Pero con Kant no puedo.
Kant es... como explicarlo. Es como ese amigo que intenta hablarte en esperanto porque insiste en que es la lengua universal, y por tanto tú deberías hacer el esfuerzo de entenderle a él, no quieras quedar como un paleto. Es ese vecino al que le preguntas la hora y te dice "si yo paso por aquí, son las 9:54". Esto último, por cierto, está basado en hechos reales. Es lo único de lo que me acuerdo de Kant de mi época de bachillerato. De lo anecdótico.
Pero lo peor de Kant no es que se exprese como un autómata frío y enrevesado: lo peor es que intenta que veamos que, desde su maravilloso punto de vista, cosas como las emociones o la inspiración son "objetos clasificables" que se pueden archivar en carpetas de plástico. Admira la poesía, sí: pero la admira como un cirujano mira un cuerpo humano, como un conjunto de órganos despiezables. Una mente excesivamente alemana (o überalemana).
Por eso, dada mi frustración por no poder entender del todo lo que dice este buen señor, y descartando la idea de fingir que le entiendo copiando algún texto de algún lado, he preferido admitir mi derrota. Pero si alguien me pregunta de ahora en adelante qué opino de Kant, sólo contestaré: nein, nein, nein.
No hay comentarios:
Publicar un comentario